Ella lo podía conseguir todo. Había logrado salir del hoyo en el que estaba, y en el que había estado por mucho tiempo. Se había tatuado a los 16 años un símbolo que sería importantísimo en su vida, y que la acompañaría y le daría fuerzas cada vez que lo necesitara.
Entró a la universidad... hasta ese entonces quería ser profesora de Inglés, pues quería ayudar a adolescentes que hubiesen perdido su norte, como ella había perdido el suyo alguna vez. Pero ese sueño duró poco, ya que se dio cuenta que ser la "vieja" de Inglés no era precisamente lo que quería hacer el resto de su vida. Y así, con la ayuda de Dios, logró entrar a una de las mejores universidades del país, a una carrera que la alucinaba y la hacía soñar, a pesar de no tener muy claro a qué se dedicaría después, le parecía increíble que la calificaran por leer y entender teorías literarias, saber cómo escribir, conocer diferentes períodos y sus corrientes, y lo mejor es que era en Inglés... era la carrera soñada...y es que en realidad tenía que ser así.
Pero antes de matricularse en su carrera de ensueño, vivió por primera vez un sin fin de cosas nuevas que la tenían en un estado de felicidad e incredulidad permanente.
Ella había querido ir por mucho tiempo a una disco en la que tocaban la música que a ella le gustaba y que nadie más oía, y por esas cosas de la vida conoció a P, quien casualmente también escuchaba esa música.
Y ahí estaban ellas, bailando en B. Era un mundo que las cautivaba y las envolvía, las atraía a hacer cosas que ahora jamás harían.
El transporte no era problema, porque no importaba si salían de B a las 4 de la mañana, siempre había una micro que las llevaba de vuelta a casa. El dinero no era problema, pues K no gastaba mucho en la universidad, y siempre tenía dinero guardado. El permiso para alojar fuera de casa no era problema, ya que siempre se quedaba una en la casa de la otra. El copete tampoco era un problema; pasaban a ese bar cerca de B en donde los conocidos y la cerveza nunca faltaban.
De cierta manera K y P fueron creciendo juntas en este mundo. Cada uno tenía una relación que había nacido producto de éste.
Cuando K lo besó por primera vez fue todo muy mágico. No recordaba la última vez que había tenido un beso tan perfecto. Estaba viviendo algo maravilloso, y no quería por ningún motivo que acabara. Muchas veces se preguntó si sería apropiado vivir por primera vez eso que muchas mujeres guardan para "el hombre correcto". La verdad es que le importó bien poco el tiempo que llevaban juntos o lo que fuera a pensar la gente. En ese momento se amaban tanto que se lo gritaban al mundo entero, y en realidad, todo lo demás daba igual.
Esa noche K y su novio estaban muy nerviosos, pues habían planificado todo. Estaban bailando en B como si fuera cualquier otro sábado, pero no era así. Camino a la casa del novio de P, los nervios ya no podían más, y esas miradas casuales y las risitas tontas se apoderaban de ellos.
Ella siempre había tenido ciertas dudas acerca de su virginidad, pues se le hacía raro que un chico de 21 que gustaba de ese ambiente nunca hubiese hecho nada. Pero era verdad. Ella se dio cuenta, y él lo corroboró al verse algo complicado y decirle "¿Ves que soy virgen?". Para ella esa frase fue la más dulce de todas, ya que su cara parecía la de un niño que no podía resolver una suma con reserva cuando estaba en el colegio. La canción Lullaby de The Cure no paraba de sonar... ella la repetía una y otra vez.
Vivieron muchas cosas juntos. Pero eso ya era parte del pasado para ambos. De pronto K se dio cuenta que no importaba cuanto pudiese amar, cuanto pudiese entregar o cuanto pudiese arriesgar. Sus vidas habían cambiado dramáticamente, y cada uno había tomado un camino diferente. No sabía con certeza si esos caminos fuesen a encontrarse de nuevo algún día, a pesar de que lo ansiara y lo deseara más que a nada en el mundo. Sólo tenía clara una cosa: Que los finales felices son sólo de Disney.
febrero 01, 2008
enero 29, 2008
Lo que pasó entre cervezas y risas. Parte I
Bien, esto es lo primero que escribo en mi blog... quién diría que iba a tener uno, pero las ganas de escribir van más allá de los prejuicios que pueda tener de la tecnología.
Ayer iba todo bien, el show había sido bueno, no maravilloso, pero aceptable. Nos habían cobrado dos lucas por el estacionamiento, que cabe mencionar era en pleno bandejón y era obvio que los "cuidadores" harían cualquier cosa con nuestra plata, menos cuidar el auto, claro... hey! dos lucas para mi es harto, y para mi querida amiga conductora era casi un acto irracional. Cuando entramos había mucha gente, y tuve medio. Miedo de encontrarme con él y su ella, ese miedo ridículo que me da incluso cuando camino por las calles más rebuscadas de santiago. Trataba de caminar mirando a cualquier parte menos a la cara de la gente... y en eso aparece él, pero no ese él, si no el él de mi amiga conductora.
Después del show, nos fuimos a tomar unas cervezas con las infaltables papas fritas. Hacer la vaca para que nos alcanzara fue toda una odisea. Pero ahí estábamos, tomando cerveza y conversando de la vida, hablando de la teoría que tiene mi amiga sobre el gusto de los hombres por el tamaño de las lolas. Ella está casi segura de que hay una relación directa entre el tamaño de las lolas de las madres, con el gusto que tendrán después sus hijos por el tamaño de estas... yo no sé si concuerdo con eso... habría que indagar más.
Todo iba muy bien, hasta que suena esa canción... la que no escuchaba desde el día en que pasó a ser muy importante para mí, y que por más que quisiera nunca podría olvidar. No la escuchaba desde hacía 3 años y medio... lo que es bastante. Me dio una nostalgia terrible, a pesar que considero que cada vez queda menos para que ese capítulo de mi vida esté completamente cerrado. Lo que me hizo recordar muchas cosas... cosas que quiero enterrar para siempre, no porque hayan sido malas, si no más bien, porque cada cierto tiempo me baja la nostalgia y me dan ganas de volver a vivirlas, pero sé que es imposible. Así que las quiero enterrar. Y las voy a enterrar aquí.
Ayer iba todo bien, el show había sido bueno, no maravilloso, pero aceptable. Nos habían cobrado dos lucas por el estacionamiento, que cabe mencionar era en pleno bandejón y era obvio que los "cuidadores" harían cualquier cosa con nuestra plata, menos cuidar el auto, claro... hey! dos lucas para mi es harto, y para mi querida amiga conductora era casi un acto irracional. Cuando entramos había mucha gente, y tuve medio. Miedo de encontrarme con él y su ella, ese miedo ridículo que me da incluso cuando camino por las calles más rebuscadas de santiago. Trataba de caminar mirando a cualquier parte menos a la cara de la gente... y en eso aparece él, pero no ese él, si no el él de mi amiga conductora.
Después del show, nos fuimos a tomar unas cervezas con las infaltables papas fritas. Hacer la vaca para que nos alcanzara fue toda una odisea. Pero ahí estábamos, tomando cerveza y conversando de la vida, hablando de la teoría que tiene mi amiga sobre el gusto de los hombres por el tamaño de las lolas. Ella está casi segura de que hay una relación directa entre el tamaño de las lolas de las madres, con el gusto que tendrán después sus hijos por el tamaño de estas... yo no sé si concuerdo con eso... habría que indagar más.
Todo iba muy bien, hasta que suena esa canción... la que no escuchaba desde el día en que pasó a ser muy importante para mí, y que por más que quisiera nunca podría olvidar. No la escuchaba desde hacía 3 años y medio... lo que es bastante. Me dio una nostalgia terrible, a pesar que considero que cada vez queda menos para que ese capítulo de mi vida esté completamente cerrado. Lo que me hizo recordar muchas cosas... cosas que quiero enterrar para siempre, no porque hayan sido malas, si no más bien, porque cada cierto tiempo me baja la nostalgia y me dan ganas de volver a vivirlas, pero sé que es imposible. Así que las quiero enterrar. Y las voy a enterrar aquí.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)